El reacomodamiento de la política criolla regala estampas insólitas donde el reciclaje ideológico, la desmemoria selectiva y la audacia personal parecen no tener límite: el cónclave de los náufragos reunió en un bullicioso bar ubicado en las inmediaciones del Congreso Nacional al suspendido dirigente peronista Héctor Maya, aliado de Jose Angel Allende en las últimas elecciones legislativas. y al flamante expulsado de la función pública (aliado del condenado Edgardo Kueider) Juan Carlos Chagas, quienes entre risas cómplices, cafés interminables y un buen humor envidiable, traman meticulosamente cómo salir del retiro y reconquistar un codiciado futuro político a fuerza de pragmatismo, conveniencia mutua y una notable alergia al trabajo honesto fuera del Estado.
La postal porteña no tiene desperdicio ni desperdicia ocasión para mostrar el cinismo de los armados de pasillo. Mientras la dirigencia de pie a tierra discute sobre convicciones, lealtades partidarias y programas de gobierno. El veterano dirigente parece inmune al castigo de las bases y al repudio de los suyos: lejos de la penitencia mística o el decoroso silencio del ostracismo, prefiere la rosca de boliche y el optimismo del que sabe que un cargo más tarde o más temprano vuelve a aparecer.
Del otro lado de la pequeña mesa de fórmica compartía la infusión Juan Carlos Chagas, un nombre que hasta hace apenas unos días ostentaba sillón, jugosos viáticos y poder de fuego en la codiciada Comisión Técnica Mixta de Salto Grande (CTM). El paso de Chagas por el esquema oficial fue de todo menos silencioso o austero: aliado incondicional del polémico senador Edgardo Kueider y engranaje clave de los acuerdos subterráneos que tejieron con el gobierno, su estadía en el organismo binacional terminó de derrumbarse por su propio peso institucional cuando el propio Milei a pedido del gobierno provincial, lo echó por decreto de la CTM, poniendo un abrupto punto final a su recorrido en medio de turbulencias administrativas, sospechas de manejo discrecional y un reacomodamiento de cúpula que lo dejó a la intemperie. La caída en desgracia de sus padrineros y el cambio en las reglas de juego del reparto presupuestario lo convirtieron de la noche a la mañana en un exfuncionario con demasiado tiempo libre, un ego inflamado y urgentes ganas de revancha económica.
Entre chistes irónicos sobre la ingratitud de los armados políticos, anécdotas de viejas épocas donde el presupuesto fluía sin auditorías y tragos cortados por la complicidad del microclima de la Capital Federal, la charla giró inevitablemente hacia las tácticas de supervivencia del parásito estatal. Lo más jugoso del encuentro, sin embargo, lo aportó fuera de micrófono uno de los mozos que atendió la animada mesa, un testigo involuntario de la alta diplomacia criolla que al retirar los platitos deslizó un comentario al pasar: con aire de absoluta confidencia, aseguró que uno de ellos ya tendría un conchavo asegurado dentro del Congreso, listo para arrancar funciones legislativas, cobrar un sueldo pagado por todos los contribuyentes y pasar desapercibido en los pasillos sin hacer demasiado ruido ni rendirle cuentas a nadie.
De este modo, entre sanciones partidarias, decretos de echada y una notable, casi obscena facilidad para barajar y dar de nuevo, Héctor Maya y Juan Carlos Chagas demuestran con creces que en la faena política vernácula los personajes de cabotaje nunca mueren ni se jubilan de verdad; apenas cambian de ventanilla, se limpian el polvo del fracaso electoral y se sientan a tomar un café a la sombra de los legisladores, esperando pacientemente el próximo descuido de la república para volver a prenderse de la teta del presupuesto.

1 comentario
Un viejo dirigente fallecido hace mucho, contaba que en el gobierno de don Enrique Cresto, el joven funcionario Mayita ya se robaba los viáticos.
Si tiene una medida disciplinaria del PJ, hay que averiguar quien es el legislador que lo contrata. Si es un peronista, hay que escracharlos a los dos. Si es de Frigerio (alta probabilidad), también.