El ocaso del representante de Kueider en la CTM y la «rapiña» de los viáticos millonarios ante su inminente salida

Mientras reside en la exclusividad de San Isidro, en la Zona Norte del Gran Buenos Aires, y ostenta un sueldo de 30 millones de pesos, el vocal de la CTM, Juan Carlos Chagas, anunció su regreso a la ‘presencialidad‘. Lejos de ser un gesto de compromiso, la decisión esconde un botín escandaloso: el cobro de 500 mil pesos diarios adicionales solo en concepto de viáticos.

La noticia cayó como una bomba en Concordia. Resulta un insulto moral que, en la sede de la represa y la ciudad más pobre de la Argentina, un funcionario acelere de esta forma su recaudación personal. Ante una remoción que se percibe inevitable, Chagas parece decidido a exprimir hasta el último centavo del erario público, desatando una indignación que se propaga como reguero de pólvora en una sociedad que ya no tolera más y repudia fuertemente cualquier acto de rapiña disfrazada de gestión oficial.

La situación de Juan Carlos Chagas en la Comisión Técnica Mixta (CTM) de Salto Grande ha dejado de ser una cuestión administrativa para convertirse en un símbolo de la desconexión entre cierta casta de funcionarios y la realidad social. En un momento donde la sociedad argentina coloca a la corrupción en el podio de sus mayores reclamos, seguida de cerca por la inflación y los bajos salarios, el comportamiento del funcionario entrerriano se presenta como una provocación difícil de digerir. El viernes 3 de este mes avisó al personal administrativo que el lunes 6 se haría presente en el organismo. La noticia de que Chagas abandonaría la paz de su residencia en la zona norte de Buenos Aires para viajar a la sede de la CTM en Concordia no fue recibida como un gesto de responsabilidad, sino como una maniobra de «rapiña» económica de último momento.

La mecánica del beneficio es tan simple como escandalosa. Chagas vive de forma permanente en San Isidro, una de las áreas más exclusivas y seguras del país, donde los costos de vida son inalcanzables para el ciudadano común. Desde allí, cobra un sueldo de 30 millones de pesos mensuales. Sin embargo, cada vez que decide viajar a la sede de la CTM para simular actividad laboral, se le asignan una cifra cercana a los  500.000 pesos diarios en concepto de viáticos.

Una semana de «presencia» le reporta al funcionario un extra de 2,5 millones de pesos. El contraste con la realidad territorial es absoluto: Concordia ha sido ratificada por el INDEC como la ciudad más pobre de la Argentina, y mientras un vecino que dice representar los intereses locales vive en el opulento norte bonaerense, los recursos que deberían destinarse al desarrollo regional terminan financiando traslados y estadías de privilegio.

El derrotero político de Juan Carlos Chagas está marcado por una constante: su incapacidad para finalizar los mandatos para los que fue designado. Quienes han seguido su carrera de cerca coinciden en que su gestión siempre parece estar más orientada a la generación de negocios personales que al cumplimiento de objetivos institucionales. Este «olfato» para el beneficio propio le ha costado la expulsión de cada uno de los cargos de relevancia que ha ocupado en la provincia.

Su primer paso por la CTM (hasta el año 2011) terminó bajo la sombra de fuertes cuestionamientos que impidieron su continuidad. Posteriormente, su paso por ENERSA repitió el mismo patrón: fue desvinculado antes de tiempo debido a manejos que internamente se calificaron como incompatibles con la transparencia pública. Anteriormente había corrido con la misma suerte en la Casa de Entre Ríos, de donde también fue eyectado.

Sin embargo, uno de los episodios más recordados y bochornosos ocurrió durante su gestión en la Secretaría de Transporte. En aquella oportunidad, la situación llegó a tal nivel de tensión y sospecha que el funcionario fue desalojado de su cargo de manera fulminante; incluso se llegó al extremo de quitarle el acceso a su propia oficina antes de que pudiera retirar sus pertenencias, en un claro mensaje de que su presencia era indeseada. En cada uno de estos organismos, el rastro dejado por Chagas ha sido el mismo: desconfianza, negocios paralelos y una salida por la puerta de atrás.

Mientras el presupuesto de la CTM drena recursos para pagar los viáticos de Chagas, los intendentes de la provincia atraviesan una situación desesperante. La caída de la coparticipación ha dejado a las gestiones locales sin capacidad de respuesta ante las demandas más básicas de los vecinos.

Hoy, los municipios entrerrianos claman recursos a viva voz, en términos llanos,  porque no cuentan con un peso para ejecutar una obra mínima. Proyectos de cordón cuneta, el bacheo de una calle o la extensión de una red de agua están paralizados por falta de fondos. Hay comunas que hoy no tienen recursos ni siquiera para cambiar una canilla en un edificio público o reparar una luminaria, mientras observan con impotencia cómo un solo funcionario se lleva por día lo que a un municipio le costaría meses ahorrar para una mejora barrial. La transferencia de recursos hacia la «caja personal» de Chagas es vista como un robo directo a la infraestructura básica que los entrerrianos necesitan con urgencia.

La fragilidad actual de Chagas no es casual. Su permanencia ha estado históricamente atada a la protección del senador Edgardo Kueider, cuyo capital político hoy se encuentra en su punto más bajo. Con la caída en desgracia de su jefe político, Chagas ha quedado expuesto y sin el blindaje que le permitía ignorar las críticas. Fuentes de alta fidelidad aseguran que el funcionario ya «olfatea» que se le viene la noche y que su remoción podría ser cuestión de días, máximo dos semanas. Este clima de final de ciclo es lo que habría disparado su desesperación por «rapiñar» todo lo posible a través de viáticos y beneficios extraordinarios antes de que se firme su baja definitiva, un movimiento que los gobiernos provincial y nacional están bajo fuerte presión de ejecutar para no quedar pegados a una figura tan tóxica.

Lejos de aceptar una retirada decorosa, Chagas ha optado por profundizar su perfil de «tipo jodido» dentro de la institución. En su afán por atornillarse al cargo o intentar escalar posiciones ante la acefalía de poder, se le atribuye haber orquestado campañas de desprestigio interno. No se olvida en la CTM que fue él quien hizo circular versiones infundadas y denuncias falsas, incluso de índole personal y de acoso, contra otros directivos del organismo, buscando generar un vacío que le permitiera presentarse como alternativa de conducción. Estas tácticas de «tierra arrasada» han terminado por aislarlo completamente, convirtiéndolo en una figura rechazada por los propios empleados, quienes fueron los encargados de filtrar sus recientes movimientos recaudatorios.

El caso de Juan Carlos Chagas ya no es solo una discusión sobre eficiencia administrativa, sino un debate sobre la moral pública en Entre Ríos. Si se dividen sus 30 millones de sueldo por los días hábiles del mes, el funcionario se lleva 1 millón de pesos por día simplemente por existir en la nómina, a lo que suma otros 500 mil pesos de viáticos cuando decide simular que trabaja. En una provincia que le pide sacrificios a sus jubilados, que recorta gastos en salud y donde los trabajadores municipales perciben salarios de indigencia, sostener el privilegio de un funcionario que vive en San Isidro y rapiña viáticos en la ciudad más pobre del país es un insulto que la sociedad ya no está dispuesta a tolerar. La cuenta regresiva para su salida ha comenzado, y cada día que pasa es una mancha más para el organismo que debería ser el orgullo del desarrollo energético regional. Y también se ha convertido en un lastre para Frigerio, que con cada día que pasa, se torna más pesado.

 

 

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