¿Nacional o importado? Cómo defender la producción en un mundo que se protege

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Columna de opinión. Por Adrián Federico Fuertes,  presidente Municipal de Villaguay

Mientras las naciones desarrolladas regulan el ingreso de productos importados con barreras arancelarias y/o paraarancelarias con el objetivo de proteger su industria, sus trabajadores y, en definitiva, la economía global de sus países, en la Argentina el discurso oficial, apalancado por el multitudinario elenco de periodistas oficialistas, plantea que es beneficioso para los intereses de nuestro país que se consigan un poco más baratos calzoncillos extranjeros, autos o cualquier otro producto que cueste unos pesos menos.

Es preocupante que esta estrategia haya penetrado en la opinión pública, que la repite y defiende sin siquiera conocer qué hacen al respecto los países desarrollados a los que supuestamente nos vamos a parecer en unos años con este tipo de políticas.

Hace poco, desde el gobierno hasta se estableció el tiempo que íbamos a tardar en llegar a ser como esos países modelo: 5/7 años España, 15 años Alemania, 25/30 años EE. UU. y que en 40 años podemos ser el país más rico del mundo (Perfil, 17 de octubre de 2025).

Se podrían escribir cientos de páginas sobre los aranceles y barreras paraarancelarias que aplican los países desarrollados para proteger su economía, pero para muestra basta un botón, o dos:
1) La Unión Europea se protege utilizando el Sistema Armonizado de Designación y Codificación de Mercancías, clasificadas mediante el código TARIC; además, aplican IVA a la importación y otras regulaciones específicas de cada país. (Web Oficial de la Unión Europea).
2) Mientras nosotros permitimos que una empresa de la India, abastecida por China, relegue a la siderurgia nacional a la hora de hacer el gasoducto Vaca Muerta/Puerto de San Antonio Oeste, Estados Unidos impuso un gravamen del 50% sobre el acero extranjero. (Bloomberg, 13 de febrero de 2026).

Por estos días estamos viendo un debate en los medios motivado por la abrupta caída de nuestra industria textil: industria nacional vs. bajos precios de productos importados. Ese debate sería fácil de saldar mirando a los países a los cuales queremos parecernos, y la realidad es que los países europeos que tienen desarrollo de su industria textil, España por ejemplo, la protegen de la importación de países asiáticos (particularmente China) con altos aranceles.

El caso de Brasil y Argentina con la llegada de la automotriz china BYD es el ejemplo más contundente de los dos modelos de país a los que me refiero: Argentina se limitó a flexibilizar al extremo el ingreso de autos chinos sin ningún tipo de beneficios para nuestro país, mientras tanto Brasil exigió inversiones y, para ello, el presidente Lula se reunió con la vicepresidenta ejecutiva de BYD, Stella Li, y se decidió establecer, en el Polo Industrial de Camaçari, en el estado de Bahía, la planta más grande y avanzada de BYD fuera de China, para abastecer al mercado latinoamericano. En ese marco, ya se presentó el primer BYD Dolphin Mini fabricado en Brasil.

En la Argentina de hoy, la realidad de estas tres actividades que menciono es la siguiente:
Industria Textil: Cayó 24% en un año y desde diciembre de 2023. Sin contar los empleos informales que puedan haber caído, el sector perdió más de 16.000 empleos formales en todo el país, mientras que su capacidad instalada bajó a un 32,5% (Infobae, 27 de enero de 2026).
Industria Metalúrgica: Durante diciembre, el sector registró un retroceso de 7,1% en la producción, sumando ocho meses consecutivos en baja. Se perdieron alrededor de 12.000 puestos de trabajo en 2025, entre despidos y retiros voluntarios, y la capacidad instalada se ubicó en 44%, siendo uno de sus niveles más bajos en términos históricos. (Infobae, 20 de enero de 2026).
Industria Automotriz: Se derrumbó un 30,1% en comparación con el mismo mes del año pasado (Ámbito, 4 de febrero de 2026). Se perdieron 3.000 empleos en un año (Comercio y Justicia, 22 de enero de 2026) y la capacidad instalada cayó al 31,2% (Perfil, 12 de febrero de 2026).

En definitiva, absolutamente todos los países desarrollados defienden su trabajo y su industria con aranceles y todo tipo de medidas que protejan su entramado productivo. Eso es algo que cae por su propio peso, es famoso “sentido común”, como dirían algunos.
No se trata de ahorrar unos pesos, se trata de proteger nuestra industria, promover su crecimiento, la generación de puestos de trabajo y evitar el déficit de la balanza comercial de una economía ávida de dólares para que no colapse.

No se trata de cerrarse al mundo y al comercio, se trata de abordar las relaciones internacionales teniendo en claro que los intereses que se deben defender son los de nuestro país. Se trata de aplicar medidas sensatas en el marco fiscal y arancelario para que el comercio internacional se dirima con reglas de juego equivalentes.

Por supuesto que debemos mejorar la competitividad de nuestra producción, garantizar el acceso de los consumidores argentinos a productos de calidad a un precio justo, pero eso no se hace a los sablazos, destruyendo hasta los cimientos de la industria argentina; se hace con políticas de Estado racionales, paulatinas y consensuadas para lograr la sintonía fina que permita bajar la carga impositiva sin desfinaciar al sector publico, abaratar el costo del financiamiento para la inversión y mejorar los procesos productivos con investigación y tecnología lo que solo se logra con el financiamiento de la educación y la ciencia.

¿En el pasado reciente se hizo? Considero que por lo menos se intentó, de algunas maneras a veces particulares, pero veo claro que antes, en este punto específico, había una mirada tuitiva de la industria y los intereses del país. ¿Sirve mirar hacia atrás? Creo que no, más bien siento que los argentinos agarraron un palo y rompieron los dos espejos retrovisores para no ver algo a lo que no quieren volver.

En ese marco me parece que quienes compartimos una mirada distinta de la economía debemos incorporarnos al debate público planteando un proyecto de cara al futuro que tome como punto de partida el equilibrio fiscal y la lucha frontal contra la inflación, teniendo como objetivo final e irrenunciable el bienestar y la inclusión de las grandes mayorías, el incentivo del consumo popular como herramienta para mejorar su calidad de vida, el financiamiento suficiente de la educación, la ciencia y la tecnología y la protección férrea de nuestros recursos naturales.


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