Del terraplanismo al “ArgenFIFA”: el despojo imaginario que aterroriza a España

De las tertulias nocturnas a la prensa seria: el auge de una teoría de la conspiración nacida para proteger el orgullo eurocéntrico.

A pocas horas de que España y Argentina se disputen la gloria eterna este domingo, el ambiente de fiesta y optimismo desbordado convive con una paranoia clínica. España sufre de “pavor arbitral”, una dolencia psicológica colectiva según la cual el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, ya ha decidido el resultado en un despacho oscuro. Es fascinante observar cómo la corriente de simpatía que rodeaba a Argentina en el anterior Mundial se ha transformado hoy en un rencor visceral. Para entender este milagro de la metamorfosis social, hay que analizar la confluencia de varios factores que retratan a la perfección la España contemporánea: el auge de las teorías conspirativas que hoy impregnan desde la salud pública hasta el córner de un estadio, la flagrante ausencia en España de una cultura futbolística pasional comparable a la de Argentina o Inglaterra, y una ignorancia supina de las nuevas -y en algunos casos, ridículas- reglas del juego que amenazan con transformar este deporte.

Todo comenzó cuando el Mundial de Qatar consagró a Lionel Messi como el mejor jugador de la historia. Aquello fue insoportable para la prensa cercana al Real Madrid, que necesitaba desesperadamente impedir que un futbolista identificado con el Barcelona se coronara como el Dios indiscutible del balón. Tras fracasar el intento de equipararlo con Cristiano Ronaldo, la maquinaria mediática blanca instaló la idea de que el título de Qatar había sido promovido y diseñado por la propia FIFA. Como dogma de fe, repetían los cinco penales cobrados a favor de la Albiceleste, ignorando olímpicamente los tres goles anulados en su debut, los diez minutos de añadido que permitieron a Países Bajos empatar en el minuto 101 o los dos penales en contra sufridos en la mismísima final. La realidad no debía estropear un buen relato de agravios.

Para entender el alumbramiento de esta psicosis, hay que descender al subsuelo de la televisión nocturna: el plató de El Chiringuito de Jugones, dirigido por Josep Pedrerol. La relación entre Florentino Pérez, presidente del Real Madrid y poderosísimo empresario, y este programa es una simbiosis perfecta basada en la conveniencia mutua. No hay contrato firmado, pero sí un acceso informativo brutal. Florentino no da entrevistas, da audiencias papales: allí anunció la Superliga en 2021 y allí acudió a lamerse las heridas tras el “no” de Mbappé en 2022. El programa funciona como el brazo armado y altavoz extraoficial del palco del Bernabéu. Sus tertulianos expandieron desde ese púlpito la etiqueta de “VARgentina” o “ArgenFIFA”. En este Mundial 2026, la farsa ha continuado: cualquier expulsión a Suiza o queja británica sirve para alimentar el monstruo. “Me da pavor lo que nos puedan hacer”, repiten ahora los analistas patrios, temblando ante la idea del expolio.

Esta teoría conspiranoica, en la línea del terraplanismo y de la fobia a las vacunas, habría quedado confinada al ecosistema de los trasnochadores si el mundo mediático no hubiese cambiado. La crisis de los medios tradicionales ha provocado un vuelco perturbador: antes los periódicos prescribían la agenda; hoy son los influencers, streamers y youtubers de catorce años los que inventan el agravio en redes sociales, y los medios serios van detrás, mendigando el click. El caldo de cultivo ideal para este virus es la soberbia eurocéntrica combinada con una llaga histórica: el orgullo futbolístico español asume dolorosamente y con dificultad que los máximos ídolos de sus grandes clubes sean argentinos. Di Stéfano en el Real Madrid, Messi en el Barça, Simeone en el Atlético de Madrid o Kempes en el Valencia recuerdan a diario que la grandeza local se escribe con acento porteño, rosarino o cordobés.

A este cóctel de resentimiento se suma un rasgo típicamente colonialista: los españoles ya se ven ganadores antes de pisar el césped. Existe una soberbia institucionalizada que les hace dar por hecho que el trofeo viajará a Madrid, porque su civilizado equipo llegó a la final jugando maravillosamente y sus bárbaros rivales lo hicieron con juego subterráneo y ayudados por los árbitros. Se sienten campeones por derecho divino. Sin embargo, como el miedo cotiza alto, han diseñado una pirueta psicológica magistral: si ganan, será el triunfo lógico de la civilización y el juego limpio; si pierden, la culpa será del complot de Zúrich. La red de seguridad mental está desplegada.

El delirio ha llegado tan lejos que la mismísima prensa seria ha comprado la mercancía averiada. Un prestigioso columnista escribía en el diario ABC: “Este Mundial se ha convertido en una competición por ver quién sufre el próximo expolio ante Argentina”, asegurando que Infantino exige a la Albiceleste en el desenlace. La sospecha generalizada sobre los árbitros ha campado a sus anchas incluso en la estatal Televisión Española. Así llegamos al domingo: con un país convencido de que si la Roja pierde, no será por el talento de Messi, el orden de Scaloni o un espíritu inquebrantable a prueba de contratiempos, sino por un decreto ley firmado en Zúrich. La excusa, aunque se haya designado a un árbitro de la civilizada Europa, ya está fabricada; ahora solo falta jugar el partido.

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